Que bien sienta dormir...
Exceso de café, puede ser. La cuestión es que no he dormido mucho de noche, vete tú a saber las causas reales.
Cuando eso pasa, suelo entrar en una vorágine de pensamientos, cada cual más alocado, sobre las cosas que me han ocurrido durante el día.
La primera que aparece como un rayo es la última que dejé sin hacer antes de acostarme, esa factura, los diez minutos diarios organización del ordenador, el pedido de aquellos clientes o el presupuesto para los otros. Supongo que son cosas que le pasan a todos, pero a mí me quitan el sueño, se arremolinan en la parrilla de salida y se agolpan en busca de protagonismo, peleándose por ser el starring de mi insomnio, por espabilarme más que el anterior.
Suelo entonces pensar en algo agradable, una técnica que suena mejor en la teoría que funciona en la práctica, así me paso la siguiente hora, tratando de que una serie de fantasías de cualquier índole me lleven al sueño, de manera de nuevo infructuosa.
Me pregunto entonces si los demás, ese concepto tan enorme que parece englobar al resto que no son yo, tienen técnicas parecidas. En otras ocasiones me pregunto directamente si alguno más padece esos desvelos por las causas que sean, en sus respectivas camas.
Quizás tengan una orientación más propicia, o estén en el lado de la cama correcto, hayan organizado las energías de su hogar o su higiene del sueño sea mejor, quizás ellos tengan una vida ordenada y dedican esos 10 min a su ordenador con pasión cada día, quizás llegan a casa después de un día agotador y preparan el presupuesto y hacen las facturas. O quizás sean tan efectivos y eficientes que su día no sea ni siquiera agotador…
Los demás de nuevo parecen saber algo que yo no sé, han atendido más en clase o en sus casas se educaba para él éxito…qué agobio. Sus caras, las de los demás, siempre tienen la misma pinta, sus ropas, sus coches, su actitud, esas barbas perfectas, peinados pulcros, Mercedes familiar, ropa cara, dice mi mente mientras trato de dormirme entre tanta insatisfacción y comparación.
Para ese momento ya no se si estoy dormido o despierto, pero la verdad es que el momento del sueño ha llegado sin darme cuenta, a veces incluso sin que el reloj que todo lo mide en mi muñeca se de cuenta tampoco, y aunque la noche no ha sido todo lo reparadora que me hubiera gustado, el nuevo día parece haber arrinconado a todos aquellos pensamientos al cajón de la procrastinación, ése que parece que me place abrir de noche para repetir el proceso, otra vez más.
En base a experiencias anteriores, el límite es de cuatro noches. Para la cuarta el nivel de irritabilidad me impide relaciones sanas con mi entorno, mi estómago se convierte en un enemigo tan ácido como mi lengua y una suerte de ansiedad se adueña de mi, recordándome cosas extrañas que no vienen a cuento ( ni siquiera ahora). A esas alturas ya he scroleado tanto y he visto tantos vídeos de tantos temas que creo que voy a reventar. Es ese el momento de enfrentarme con mi mujer, de recordarle todos los “fallos” que la hacen imperfecta o de marcar los tiempos con mi hija, tiempos que de repente se han vuelto inmutables, de poner a fulano en su sitio y a mengano repetirle que el ego le puede, que es un bicho raro y que no se como se puede vivir así.
La quinta noche normalmente surge de mi interior la luz, Dios, el universo, mi ángel de la guarda, no sé, mi parte biológica que se cansó de tanto defecar filosófico y me duermo profundamente, o me siento tan agotado que decide desenchufar esa tele loca que he instalado en mi cabeza, así que no me despierto hasta que amanece y lo veo todo claro de repente. Todo se ha ido y queda una especie de resaca ligera que me hace darme unos golpecitos en la espalda y recapacitar.
Así que vuelvo a mis 10 min frente al PC, a las facturas, presupuestos y trabajos pendientes, respiro hondo pensando que ya me ha pasado antes y que me ha vuelto a pasar de nuevo. Pienso entonces en los demás, en qué carajo están haciendo ellos, los del globo que no son yo en estos casos. En si ellos están pensando lo mismo o parecido, en si ellos lo resuelven así o de otra manera, hasta que, despejado por una noche reparadora, e insuflado de una iluminación mañanera, surge de lo más profundo de mi ser un pensamiento que los destruye a todos, que borra las barbas perfectas, los abrigos de marca, los Mercedes, los procederes de cada uno de aquellos a los que puse cara y pensamientos a partir de mis pensamientos, un pensamiento para dominarlos a todos, uno que hace que todos los ejércitos que se arremolinan en mi cabeza vayan por fin a una:
“ Que bien sienta dormir y que poco lo valoramos”
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