Golpes cortos.

Estaba escribiendo que recuerdo con añoranza mi infancia, pero era algo más poético o que queda bien que la realidad en sí misma. Lo cierto es que no siento especial añoranza por ninguna etapa de la vida más que por otra, recuerdo, eso sí, que algunas de ellas fueron más duras que otras y que, gracias a ellas, a esas etapas grises y dolorosas y su alternancia con otras más abundantes o benévolas hoy soy el tipo que soy. Muy parecido a quien siempre quise ser.

Pero durante estos días, enseñando a jugar al ajedrez a mi hija, me acordé de Salvador. Era un niño de mi clase, el más listo, el que mejor dibujaba y bueno también en los deportes. Supongo que el niño perfecto para cualquier padre, pero no se si para unos padres que olían a exigencias y rigidez desde lejos, cada día que los veía a la salida del colegio.


Salvador era como ellos…rígido y exigente, pero con nosotros. Y así somos en general las personas, tratamos a los demás un poco como nos tratamos a nosotros mismos. Así que aquel niño prodigioso no llevaba bien que yo dibujara mejor que él, tampoco que en un examen de ciencias naturales, mi nota hubiera sido mayor.
Pagaba su frustración a base de puñetazos en mi brazo que proyectaba de una manera peculiar, en un lanzamiento corto pero fuerte, como si cada golpe saliese con una rabia descontrolada pero contenida en un recorrido breve. Asi era Salvador, ordenado, metódico, perfecto para la vida académica que le acabó llevando a la docencia. Me pregunto si él también habría recibido los golpes, aquellos nacidos de la exigencia, la rabia y la impotencia y con el recorrido corto que podían tener en aquel entorno.

Supongo que el éxito de sus compañeros de clase sería una amenaza para él, nacido y criado para ser el mejor. Supongo que sus padres también nacieron y se criaron así, para ser excepcionales, o puede ser que no, que en su sensación de mediocridad trataran de encauzar desde “su” perspectiva a Salvador. En todo caso, la motivación no importa, de nuevo, todos hacemos lo mismo en mayor o menor medida.

Pero lo curioso de todo esto es que no sabemos identificar cuando estos patrones ocurren en nosotros mismos, lo llamamos “así es la vida” o “es mi carácter” como si fuésemos marionetas controladas por unos hilos que si bien vemos, no nos sentimos capaces de cortar.
Salvador era guiado por los hilos que su entorno, él de un niño, había proyectado en él, le habían hecho así y así estará destinado a romperlo o perpetuarlo.

Así que cuando alguien te grite, te menosprecie, te insulte o te agrede de manera que consideres apropiada, acuérdate de Salvador, de la rabia que siente por aquello que unos padres hicieron con él desde la perspectiva de que era una virtud. Acuérdate de que tratas a los demás como te tratas a ti mismo y de que Salvador, a pesar de ser una víctima, era quien le pegaba puñetazos en el brazo a sus compañeros de clase.

Como norma general siempre me he apartado de las personas que por alguna razón me recuerdan a Salvador, no me gustaban sus puñetazos cortos, dolorosos y disimulados, asi que le veía desde la distancia, temeroso casi de que la profesora me pusiera mejor nota que a el o hiciera alguna alabanza a alguien. No todos eran como yo, ni mucho menos, muchos le pagaban con su misma moneda, devolviendo el golpe, a otros no se les acercaba por miedo, o porque no sentía que amenazan su estatus, supongo. 

Y podríamos hacer miles de lecturas de la historia, pero a mi me gusta tener presente: El que maltrata, grita, miente o agrede de la forma que sea, es más víctima que aquellos con los que interactúa, que a pesar de salir a veces escocidos, magullados o siendo los protagonistas visibles de un conflicto que no han buscado, olvidan al poco rato las acciones de Salvador, volviendo a sus vidas y sus propios problemas o dificultades, muy lejos de las causas reales de lo que pasó.

 








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