El encantador de serpientes.
¿Has tenido alguna vez la sensación de que alguien no es de fiar?
De que a pesar de que no hay ninguna razón en el entorno para tener que preocuparse por esa persona, lo haces de manera instintiva?
Seguro que si haces memoria conoces a alguien que te evoca esas sensaciones.
Hoy tocan los manipuladores, una especie interesante y unas auténticas apisonadoras en muchos aspectos de la vida.
He de reconocer que no soy un gran detector de personalidades, tengo tendencia a fiarme y creer que todo el mundo es bueno, hasta que me demuestre lo contrario. Tampoco es una confianza total en las personas, pues trato de ocuparme de mis asuntos o delegar en personas en las que se que puedo hacerlo.
Y no es que esas personas vayan a sujetar el cable del que estás colgando en el vacío, pero si es posible que en ocasiones están más cerca de lo que crees y no te has dado cuenta.
Manipuladores somos todos en cierta medida. Tratamos de que los que nos rodean hagan aquello que nos interesa y puede que desde muy niños tratemos ya de condicionar el comportamiento de los demás, desde el llanto sin lágrimas por cualquier cosa hasta la mentira más elaborada que nuestra mente creadora pueda generar.
Y puede que ninguno estemos libres de ello y sea un mecanismo legítimo para las relaciones humanas, pero sucede que, en determinados casos, la manera de manipular se convierte en el recurso principal para algunas personas, de manera que su mera presencia es capaz de provocar esas sensaciones de la que hablo al principio del texto.
En algunos casos, esas personas se muestran muy interesadas por nuestras vidas, ofrecen ayuda, cuidan y consiguen una cercanía fuera de lo habitual. Lo más fácil resulta integrarlas en nuestras vidas, parece que tienen los principios correctos y que su proceder es el adecuado para que con su ayuda podamos conseguir aquello que en muchas ocasiones, ellos mismos nos proponen.
También parece que tiene sentido que ellos marquen los límites y poco a poco los objetivos, parece que lo tiene que las formas y los contextos se manejen a su manera, para que un día te des cuenta de que nunca fue tu objetivo, sino el suyo propio.
Y cuando pretendes apartarlos de tu camino, están en su derecho de haber sido los protagonistas de ese camino, menospreciando tu valía y tu independencia. Es fácil que a poco que indaguen en sus vidas, el conflicto sea una constante en muchas áreas de su vida. También que el objetivo último esté por encima de lo que a primera vista podamos observar o dilucidar de nuestra relación con ellos.
El pago por su presencia y después su ausencia es alto, pues te habrán prometido el oro y el moro a muchos niveles, pues ellos buscan un objetivo a través de ti, así que en caso de conflicto, la razón está de su lado para tomar las medidas que crean oportunas, perpetuando el conflicto de nuevo.
Así que las relaciones para ellos pasan por un objetivo superior, deben obedecer a él y determinan su utilidad por ello. Su pareja, familia, escasas amistades y compromiso, se deben casi siempre a su propio interés, siendo muy escaso el altruismo o la capacidad de compartir genuinamente o de ahondar en las relaciones humanas.
Todo el mundo manipula, todos queremos y tenemos objetivos, el problema puede ocurrir cuando eso se convierte en un modo exclusivo de vivir y relacionarse.
Las consecuencias son en la mayoría de ocasiones para ellos mismos cuando, despojados de los objetivos a través del tiempo, la edad o la capacidad de interacción, sufren la realidad que ellos mismos han creado y potenciado con su proceder durante los años. Cuando solo manipularse a sí mismos es una opción.
Pero a eso han venido, ese es su verdadero trabajo, superarse a sí mismos.
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