Carmen y punto.

Conocí a Carmen cuando éramos niños. Ella vivía a unos metros de mi casa y nos pasamos la infancia jugando al escondite, a las mamás, a esas cosas que llenan las interminables tardes de la niñez. Era una de esas niñas a las que la genética dotó de todos los atributos que nos gustarían cuando fuésemos adultos, esos que se manifestaron en la adolescencia y que con poco más de 16 la hacían un “mujerón” en toda regla. Fue la primera en tener novio, en beber cerveza, en llevar aquellas camisetas de Iron Maiden, el rockear duro a altas horas. A los 20 ya tenía muchas horas de vuelo. Conocí a Carmen cuando éramos niños. Ella vivía a unos metros de mi casa y nos pasamos la infancia jugando al escondite, a las mamás, a esas cosas que llenan las interminables tardes de la niñez. Era una de esas niñas a las que la genética dotó de todos los atributos que nos gustarían cuando fuésemos adultos, esos que se manifestaron en la adolescencia y que con poco más de 16 la hacían un “mujerón” en toda regla. Fue la primera en tener novio, en beber cerveza, en llevar aquellas camisetas de Iron Maiden, el rockear duro a altas horas. A los 20 ya tenía muchas horas de vuelo. Yo, vecino y confidente llevaba a Carmen a casa cuando bebía demasiado, la escuchaba cuando algún rockero con alma de metal le rompía el corazón, para concretar siempre que: “ eres el chico ideal, eres perfecto, si no estuviera loca me casaría contigo”.
Pero nunca sucedió en todos los años que desee aquel cuerpo de contorneadas caderas, grandes pechos y aquellos labios carnosos, su larga melena negra, con sus ojos resplandeciendo bajo las lágrimas de sus sinsabores. En cambio ella sí se casó con un pudiente y rockero empresario que se la llevó a la capital, un tipo de éxito que la dejó a los cuatro años, con una niña de dos. Así que un día, volvió Carmen a llorar en mi hombro ante una hilera de cervezas vacías, y por fin, en una de esas ocasiones en las que el destino te sorprende, pude deleitarme con sus labios, con su cuerpo y con todo aquello que soñé de adolescente. Se fue a casa, no sin antes decirme “eres el chico ideal, si no estuviera loca, me casaría contigo”. Nos vimos alguna vez más, para arreglar lo que otros rompían, hasta que dispuesta a buscar una vida mejor, volvió a la capital. Otro hombre, otra vida, feliz se veía las pocas veces que coincidimos. Hasta que unos 15 años más tarde, Carmen volvió al barrio. Su cuerpo había cedido a la cerveza, su cara y su mirada también, pero no le faltó arte cuando me visitó de nuevo y recordamos viejos tiempos, ni para beber ni para entregarme su cuerpo a ritmo de heavy metal. Ahora lo sé, soy el chico ideal, si no estuviera loca, me casaría con ella.

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