Hermanos de sangre.

Hoy, solo 25 años después de su estreno, he terminado de ver Band of Brothers, o Hermanos de Sangre, como hemos rebautizado en nuestro país.

Y no es que sea un gran admirador de las películas o series de guerra, me pasa algo como con los dramas basados en hechos reales, siento que expresan la crudeza de los comportamientos humanos, esa que en su mayoría tratamos de evitar pero, que por alguna extraña razón, parece que termina moviendo el mundo.




Más allá de que los hechos narrados en la serie están más o menos basados en la realidad, su formato la hace fácil de ver y cada episodio deja una reflexión bien marcada sobre lo que sus realizadores quieren expresar. Cada uno comienza con algunos comentarios o reflexiones de los supervivientes, que junto con el contenido, consiguen que la tensión y la angustia te penetren, consiguen que la camaradería y las relaciones que se dan en un entorno tan extremo y hostil puedan ser comprendidas y termines cada episodio con un nudo en el estómago.


Y aunque la serie comienza narrando el valor y la temeridad de los soldados, termina con una lectura más humana, más heroica en otro sentido de las cosas. Libres de la tensión del frente, las personas vuelven a su lugar, a la comprensión de las injusticias de la guerra, al respeto por la valentía del enemigo, a la integración de que todo aquel sinsentido se esfumaba en cuanto la vida volvía a tener sentido.


Band of brothers es una buena serie más allá de los hechos narrados, lo es porque tiene la capacidad de hacer reflexionar al espectador, de moverle de sus “casillas” para sacar una de esas lecciones que nos pueden servir en nuestros días. No hay justificación humana para la guerra, para la violencia, para el sufrimiento que causamos a nuestros semejantes, no somos más héroes que aquellos a los que juzgamos como enemigos, no somos mejores aunque nos hayamos convencido de que  nuestras razones son las correctas, de que nuestro objetivo sea el adecuado.


Las atrocidades cometidas por ambos bandos no dejan duda de lo que podemos hacer las personas cuando nos convencemos de lo que sea, cuando los aparatos publicitarios del poder nos llevan como rebaños a culpar al próximo, al amigo, al hermano de sangre. 


O las propias ideas, marginando a los que no son como nosotros en contextos muy alejados de la guerra, los propios pensamientos y las características con las que definimos a los que nos rodean tratando de diferenciarnos en lugar de compartir y amarnos.


Así que hoy, 25 después de la serie y casi 80 desde que acabó aquel apestoso conflicto, seguimos igual, unos justificando conflictos, otros creando otros, unos moviendo ideologías, otros defendiendo otras. Dioses de fuego reg iendo hombres y hombres regiendo a Dioses de fuego, guardando rencores, camuflando, mintiendo, engañando. Dementes gobernando pueblos y aplicando unos y otros las mismas estrategias de antaño, bien definidas, estructuradas y manipuladas, convenientemente maquilladas para la ocasión. 

Poder, sexo y dinero, los nuevos dioses del olimpo al que todos queremos llegar de la manera que sea, apalastando los craneos de nuestros hermanos, y ellos, aplastando los nuestros.


De la condición humana se da buena cuenta en la serie, allí, bajo el fuego enemigo, ambos bandos cuentan con héroes similares y el odio en el fragor de la batalla se torna cruel y despiadado.  En ese entorno no queda de otra, solo así y con un poco de estrategia, había alguna garantía de sobrevivir a aquel infierno. 


Un infierno que  no viene de abajo ni de arriba, surge de nosotros mismos.



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